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El efecto Matilda: cuando la ciencia olvida a las protagonistas
🧠 Durante siglos, descubrimientos clave realizados por mujeres fueron minimizados o atribuidos a hombres. ¿Cómo explica esto la Psicología? 🧠
Hace apenas dos días se celebró el Día Internacional de la Mujer, una fecha que invita a revisar no solo los avances conseguidos, sino también las historias que quedaron fuera del relato oficial. En la ciencia existe incluso un nombre para ese fenómeno: el efecto Matilda, la tendencia histórica a invisibilizar o atribuir a hombres muchos descubrimientos realizados por mujeres. En esta newsletter repasaremos algunos casos emblemáticos y analizamos los mecanismos psicológicos y sociales que ayudaron a que ese patrón se repitiera durante décadas.
— Pol Bertran
Efecto Matilda: cuando la ciencia olvida a sus propias pioneras
La historia de la ciencia suele contarse como una galería de grandes nombres. Newton, Darwin, Einstein. Figuras monumentales que parecen haber cambiado el curso del conocimiento casi por sí solas. Pero cuando uno observa más de cerca cómo se construyen realmente los descubrimientos científicos, la imagen se vuelve más compleja. La ciencia avanza en redes de colaboración, competencia y reconocimiento institucional. Y dentro de esas redes, durante mucho tiempo, no todos los nombres han tenido las mismas probabilidades de ser recordados.
A finales del siglo XX, la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter acuñó un término para describir un patrón recurrente en esa historia: el efecto Matilda. El nombre hace referencia a la activista y pensadora del siglo XIX Matilda Joslyn Gage, quien ya había denunciado que muchas mujeres científicas veían cómo sus descubrimientos eran minimizados, ignorados o directamente atribuidos a colegas masculinos. El efecto Matilda describe precisamente ese fenómeno: la tendencia sistemática a subestimar o invisibilizar las contribuciones científicas de mujeres, especialmente cuando trabajan junto a hombres con mayor estatus académico o institucional.
No se trata de una conspiración deliberada en cada caso. Más bien es el resultado de dinámicas sociales, psicológicas y culturales que, durante siglos, moldearon quién era visto como “la mente detrás del descubrimiento”.
🔬 Historias que cambiaron la ciencia… pero no siempre el titular
Uno de los ejemplos más conocidos es el de Rosalind Franklin, cuya investigación fue crucial para desentrañar la estructura del ADN. A comienzos de los años cincuenta, Franklin trabajaba con técnicas avanzadas de difracción de rayos X que permitían observar la arquitectura molecular del ADN con una precisión inédita. Su famosa Fotografía 51 revelaba de manera clara la estructura helicoidal de la molécula. Esa imagen terminó llegando, sin su conocimiento directo, a James Watson y Francis Crick, quienes utilizaron la información para construir el modelo de doble hélice que se convertiría en uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX. En 1962, Watson, Crick y Maurice Wilkins recibieron el Premio Nobel. Franklin había muerto cuatro años antes, y su papel tardó décadas en ser reconocido plenamente.
Otra historia igualmente reveladora es la de Jocelyn Bell Burnell, astrofísica que en 1967, cuando aún era estudiante de doctorado, detectó una señal extraña en los datos de un radiotelescopio. Aquella señal correspondía al primer púlsar jamás observado, estrellas de neutrones que emiten pulsos regulares de radiación. El hallazgo transformó la astrofísica moderna. Sin embargo, cuando el descubrimiento fue galardonado con el Premio Nobel en 1974, el reconocimiento fue otorgado a su supervisor Antony Hewish y a Martin Ryle. Bell Burnell quedó fuera del premio, a pesar de haber sido quien identificó originalmente la señal.
La historia se repite en otros campos. Lise Meitner, física austro-sueca, contribuyó de forma decisiva a la explicación teórica de la fisión nuclear, un descubrimiento fundamental para la física del siglo XX. Sin embargo, el Premio Nobel de Química de 1944 fue concedido exclusivamente a Otto Hahn, su colaborador experimental. Meitner nunca recibió el Nobel por ese trabajo.
También está el caso de Chien-Shiung Wu, una física experimental clave en la demostración de que la naturaleza viola la llamada “simetría de paridad” en ciertas interacciones nucleares. El descubrimiento fue revolucionario y cambió los fundamentos de la física de partículas. En 1957, el Nobel fue otorgado a los teóricos Tsung-Dao Lee y Chen-Ning Yang, mientras Wu, responsable de la verificación experimental que confirmó la teoría, quedó nuevamente al margen.
Incluso en la medicina encontramos ejemplos como Esther Lederberg, microbióloga que desarrolló técnicas esenciales para el estudio de bacterias y contribuyó al descubrimiento de virus bacterianos llamados fagos lambda. Su trabajo fue fundamental para el desarrollo de la genética bacteriana moderna, pero durante años su figura quedó eclipsada por la de su marido, Joshua Lederberg, que sí recibió el Nobel.
Estos casos no significan que los científicos reconocidos no fueran brillantes o merecedores. Lo que revelan es otra cosa: cómo funciona el reconocimiento en la ciencia, y cómo ese reconocimiento no siempre refleja fielmente quién hizo qué.
🧠 La psicología detrás de la invisibilidad
¿Por qué ocurre esto? La respuesta no es simple, pero varios mecanismos psicológicos ayudan a explicarlo. Uno de ellos es el sesgo de autoridad. Las personas tendemos a atribuir mayor credibilidad y protagonismo a figuras que ya poseen prestigio o poder institucional. Si en un laboratorio el investigador principal es un hombre reconocido, es más probable que el entorno (medios, colegas o instituciones) asocie el descubrimiento con su figura, incluso cuando el trabajo clave provenga de colaboradores con menor rango.
A esto se suma el estereotipo de género, profundamente arraigado durante buena parte de la historia científica. Durante siglos se asumió culturalmente que la ciencia, especialmente en disciplinas como la física o la ingeniería, era territorio masculino. Ese estereotipo no solo influía en las oportunidades de acceso a la educación o a puestos académicos; también moldeaba la percepción del mérito. Cuando un descubrimiento importante surgía en un equipo mixto, la narrativa dominante tendía a asociarlo con la figura que encajaba mejor con la imagen social del “científico”.
Este tipo de sesgos operan muchas veces de forma inconsciente. No requieren intención explícita. Basta con que una comunidad científica comparta, sin cuestionarlo demasiado, una imagen estereotipada de quién es más probable que haya hecho el descubrimiento.
⚖️ El efecto Matthew: cuando el reconocimiento se acumula
Otro fenómeno estrechamente relacionado con el efecto Matilda es el llamado efecto Matthew, descrito por el sociólogo Robert K. Merton. El término proviene de un pasaje del Evangelio de Mateo: “al que tiene se le dará más”. En el contexto científico, describe cómo los investigadores que ya poseen prestigio tienden a recibir más reconocimiento del que proporcionalmente les correspondería, mientras que las contribuciones de científicos menos conocidos pasan más desapercibidas.
En otras palabras, el reconocimiento científico tiende a acumularse en quienes ya lo tienen. Cuando este mecanismo se combina con desigualdades de género históricas, el resultado es previsible: los hombres que ocupaban posiciones de autoridad institucional tenían más probabilidades de recibir crédito por descubrimientos realizados en equipos donde también participaban mujeres. El efecto Matilda puede entenderse, en cierto modo, como una versión específica del efecto Matthew aplicada a las desigualdades de género en la ciencia.
🌱 Reconocer la historia para cambiar el futuro
En las últimas décadas, la situación ha empezado a cambiar. El trabajo de historiadores de la ciencia ha permitido recuperar muchas de estas historias y reconstruir el papel real de científicas que durante años permanecieron en segundo plano. Al mismo tiempo, las instituciones científicas han empezado a reflexionar más seriamente sobre cómo se distribuye el reconocimiento en la investigación.
Este cambio no consiste simplemente en “corregir el pasado”. También implica revisar cómo funcionan hoy los sistemas de autoría, liderazgo y visibilidad en la ciencia contemporánea. Porque el conocimiento científico no solo depende de ideas brillantes, sino también de quién tiene la oportunidad de desarrollarlas y de quién recibe el crédito por ellas.
El efecto Matilda nos recuerda algo fundamental: la historia de la ciencia no es solo la historia de descubrimientos, sino también la historia de cómo elegimos contarlos. Y a veces, para entender realmente cómo avanzó el conocimiento, es necesario volver atrás y preguntar quién quedó fuera del relato.
Porque cuando ampliamos el foco y recuperamos esas voces olvidadas, la ciencia no pierde grandeza. Al contrario: se vuelve más honesta, más compleja y, en última instancia, más humana.
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