Ozempic y el fin del deseo: cuando el problema deja de ser el hambre

🧠 Fármacos como Ozempic no solo reducen el hambre: también pueden apagar otros impulsos. Y eso abre una pregunta incómoda sobre cómo entendemos el deseo, el control y la vida misma. 🧠

Ozempic ha revolucionado la forma en la que entendemos el peso, el metabolismo y la relación con la comida. Pero más allá de sus efectos físicos, está empezando a revelar algo más profundo: su impacto en el deseo. Cuando reducimos los impulsos, no solo cambia lo que hacemos, también cambia cómo nos sentimos y qué nos mueve. Esta newsletter explora una cuestión incómoda pero necesaria: qué ocurre cuando empezamos a vivir con menos deseo y si eso es realmente una solución. 

— Pol Bertran

Ozempic y el deseo: ¿qué pasa cuando dejamos de querer?

Durante años, la relación con el deseo (especialmente con el apetito) ha sido una de las grandes batallas invisibles de la vida moderna. Comer más de lo que queremos, beber más de lo que deberíamos, sentir impulsos que no encajan con la versión de nosotros mismos que intentamos construir.

En ese contexto, la aparición de fármacos como Ozempic ha sido recibida casi como una solución definitiva: una herramienta capaz de reducir el hambre, estabilizar el metabolismo y, en muchos casos, cambiar radicalmente la relación con la comida.

Pero hay algo más profundo ocurriendo. Porque estos fármacos no solo afectan al apetito. Empiezan a dibujar una posibilidad mucho más inquietante: la de reducir el deseo en sí mismo. Y ahí es donde la conversación deja de ser médica para volverse psicológica.

💉 El deseo como motor (y como problema)

El deseo es una fuerza incómoda. Nos mueve, nos empuja, nos saca de la quietud, pero también nos desestabiliza. Queremos cosas que no deberíamos, repetimos conductas que no nos convienen, nos sentimos arrastrados por impulsos que no siempre entendemos. Desde la psicología, esto no es un error del sistema. Es el sistema funcionando.

El problema es que vivimos en una cultura que ha empezado a interpretar el deseo como algo que debe corregirse. No gestionarse, no entenderse… sino reducirse. En ese sentido, los fármacos GLP-1 encajan perfectamente en el espíritu de la época. Actúan como una especie de “moderador interno”, reduciendo la intensidad de ciertos impulsos. Menos hambre, menos craving, menos ruido. Para muchas personas, esto supone un alivio real. Pero también abre una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando reducimos demasiado ese ruido?

Porque el deseo no solo está ligado a lo que nos perjudica. También está en la base de lo que nos impulsa a vivir: la curiosidad, la motivación, la atracción, el interés por el mundo. Apagarlo no es solo eliminar un problema. Es intervenir en uno de los motores fundamentales de la experiencia humana.

🧩 El deseo que se desplaza

Hay otro aspecto clave que suele pasar desapercibido: no todos los deseos son primarios. Muchos son sustitutos. La comida, el alcohol o ciertos hábitos compulsivos no siempre responden a una necesidad fisiológica directa, sino que funcionan como soluciones rápidas a tensiones más profundas.

Una infancia marcada por el conflicto, la inseguridad o la falta de regulación emocional puede traducirse, años después, en conductas que buscan aliviar ese malestar. Comer no solo nutre: calma. Beber no solo desinhibe: anestesia. El problema es que estas soluciones, aunque eficaces a corto plazo, suelen generar nuevas dificultades a largo plazo.

En este contexto, fármacos como Ozempic pueden hacer algo interesante: eliminar el síntoma. Si desaparece el impulso de comer, se abre un espacio. Un silencio. Y en ese silencio aparece algo importante: lo que estaba debajo. Algunas personas describen esta experiencia como reveladora. Sin la conducta que actuaba como válvula de escape, emergen emociones, pensamientos o vacíos que antes estaban cubiertos. Es, en cierto modo, una oportunidad terapéutica. Pero también puede ser desorientador. Porque no todo el mundo está preparado para enfrentarse a ese fondo sin herramientas. La pregunta no es solo qué ocurre cuando desaparece el deseo. La pregunta es: ¿qué queda cuando desaparece?

⚖️ El riesgo de una vida sin impulso

Desde la clínica, hay un dato que debería hacernos reflexionar. Muchos de los indicadores de depresión están relacionados precisamente con la ausencia de deseo: falta de motivación, pérdida de interés, incapacidad para disfrutar de actividades que antes resultaban placenteras.

Es decir, aquello que estamos empezando a buscar farmacológicamente en algunos contextos (reducir el deseo) es, en otros, un síntoma de malestar profundo. Esto no significa que los fármacos sean problemáticos en sí mismos. Han demostrado ser herramientas eficaces y necesarias en muchos casos. Pero sí nos obliga a matizar el discurso. Porque no todo deseo es disfuncional, y no toda reducción del deseo es necesariamente positiva.

Hay algo paradójico en todo esto. Muchas personas pasan años en terapia intentando recuperar la motivación, reconectar con el interés por la vida, volver a sentir. Y al mismo tiempo, como sociedad, empezamos a valorar la posibilidad de eliminar aquello que genera conflicto interno. La línea entre regulación y supresión es más fina de lo que parece.

💊 La moralización del impulso

Este fenómeno no ocurre en el vacío. Está profundamente ligado a una forma de entender el cuerpo y la mente en la actualidad. La cultura de la optimización (salud, productividad, autocontrol) tiende a ver los impulsos como obstáculos. Algo que hay que dominar, minimizar o eliminar. En redes sociales, este discurso se amplifica con mensajes que glorifican la disciplina extrema y la contención. Ceder al deseo se presenta como debilidad. Controlarlo, como virtud.

Este marco tiene ecos claros de otras épocas, donde el autocontrol se asociaba con superioridad moral. Pero también simplifica una realidad mucho más compleja. Porque el deseo no es solo exceso. Es también creatividad, conexión, búsqueda.

Desde el psicoanálisis, por ejemplo, se ha defendido que no se trata de eliminar los impulsos, sino de transformarlos. Redirigirlos hacia formas que puedan integrarse en la vida de manera constructiva. No anular el deseo, sino darle forma. Cuando el objetivo pasa a ser eliminarlo, el riesgo es otro: una vida más estable, sí… pero también más plana.

🧠 La fantasía de una vida sin fricción

En el fondo, todo esto apunta a una fantasía muy humana: la de una vida sin conflicto. Un estado en el que los impulsos no generen tensión, en el que no haya lucha interna, en el que todo esté bajo control. Ozempic, en cierto modo, se acerca a esa promesa. Menos hambre, menos impulsividad, menos ruido. Pero también nos obliga a preguntarnos si ese es realmente el objetivo.

Porque el conflicto no es solo un problema. Es también una fuente de movimiento. De cambio. De identidad. Una vida completamente regulada, sin tensiones, puede parecer ideal desde fuera. Pero desde dentro, puede perder algo esencial: la sensación de estar vivo.

Y quizá esa sea la cuestión más importante que plantea todo esto. No si estos fármacos funcionan (que en muchos casos lo hacen), sino qué tipo de relación queremos tener con nuestros propios deseos. Si queremos silenciarlos o aprender a convivir con ellos. Porque en esa decisión no solo está en juego la salud. Está en juego la forma en la que entendemos la vida.

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