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¿Las personas realmente cambiamos?
🧠 Nuevas investigaciones arrojan luz al eterno debate de si las personas cambiamos. Y los resultados están despertando controversia en todo el mundo 🧠
¡Hola! En la Newsletter de hoy intentaremos dar respuesta a la pregunta de si realmente las personas cambiamos o nuestra personalidad se mantiene estable a lo largo de nuestra vida una vez ya la hemos forjado. Del mismo modo, recomendaremos algunas lecturas para los más curiosos y, como siempre, haremos un repaso de la actualidad en el mundo de la Psicología.
— Natalia Menéndez, Pol Bertran
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¿Las personas cambiamos a lo largo de la vida? 🧠
Seguramente hayas oído en más de una ocasión eso de que “las personas no cambian”. Lo cierto es que esta premisa es tan popular como contraria a las bases de la psicología. Y es que la ciencia del comportamiento procura, entre otras cosas, comprender al ser humano con el objetivo de favorecer procesos de cambio en favor de la salud mental y el crecimiento personal.
Lo cierto es que, en lo que respecta al mundo interno del ser humano, las generalizaciones no suelen ser útiles. No podemos afirmar radicalmente si las personas cambian o no lo hacen porque en este proceso siempre hay matices.
Si pensamos en un hipotético reencuentro con alguien tras un período de tiempo relativamente largo, seguramente podríamos decir que la persona sigue igual pero, a la vez, diferente. En este sentido, la investigación nos indica que, si bien las personas tienden a evolucionar, sus rasgos centrales de personalidad tienden a ser estables. Los “Big Five” (apertura, escrupulosidad, extraversión, amabilidad, neuroticismo) tienden a permanecer constantes en la adultez.
Esto no significa que seamos figuras de cera impasibles ante las influencias externas. Las personas asumimos procesos de cambio pero lo hacemos, generalmente, a través de tres procesos:
La vivencia de un evento emocionalmente significativo: A lo largo de la vida, las personas solemos atravesar episodios de crisis, cambios profundos, hitos… que de alguna manera repercuten en nuestros cimientos. A veces, estos momentos pueden ser tan impactantes (en un sentido positivo o negativo) que nos llevan a replantearnos nuestra forma de ser y estar en el mundo. Por ejemplo, para muchas personas la llegada de los hijos supone un punto de inflexión en cuanto a la toma de responsabilidad. Así, alguien que siempre ha sido descuidado y poco responsable puede movilizarse hacia una actitud más responsable al ser padre o madre. De la misma manera, alguien que comienza a viajar por el mundo puede reorganizar sus prioridades al conocer otras formas de vivir la vida, lo que supone un cambio en sus esquemas internos.
La elección del crecimiento sobre la comodidad: Cuando hacemos cambios potentes nunca es fruto del azar. Realmente, debe existir una conciencia y una motivación intrínseca que nos movilice a ello. Las personas que sufren evoluciones profundas no viven dejándose sorprender por la vida, sino que buscan activamente la manera de crecer y superarse a sí mismas. A veces, esto tiene que ver con decisiones cotidianas más que con grandes pasos en la vida.
El poder de la red de apoyo: No podemos ignorar la importancia de la red de apoyo en el proceso de cambio de las personas. Somos seres sociales y, por ello, configuramos nuestra identidad siempre en relación a los demás. Es a través de los vínculos que interiorizamos la manera en la que funcionan el mundo y las relaciones. De esta manera, las personas que viven en un entorno que fomenta el cambio tienden a evolucionar y gozar de un estado mental mejor. En cambio, aquellas inmersas en dinámicas tóxicas tienden a mantenerse fijadas en patrones antiguos que nunca se renuevan. Las personas que desarrollan crecimiento personal suelen lograrlo con el apoyo de buenos amigos, una familia presente y cohesionada o una figura referente en el ámbito profesional, entre otros. De la misma manera, las experiencias negativas con nuestros iguales también pueden llevarnos a crecer. El ejemplo más claro lo podemos ver en las relaciones abusivas o de dependencia emocional. Cuando una persona logra salir de un vínculo así y revisa sus patrones, puede hacer un ejercicio muy potente de autorreflexión y comenzar un cambio en su manera de relacionarse.
La conclusión que podemos extraer de todo esto es que el cambio no es una cuestión dicotómica. Los procesos de cambio son progresivos, a veces sutiles, y siempre tienen muchos matices. Además, son voluntarios y conscientes, ya que para poder llevarse a cabo requieren de una motivación intrínseca, es decir, que venga de dentro del propio individuo y no de presiones externas. Además de nuestro propio deseo de cambio, existen otros catalizadores potentes. Entre ellos están la red de apoyo de la que disponemos y también y la vivencia de experiencias intensas que nos obligan a replantearnos nuestros esquemas. Cambiar no significa en absoluto renunciar a quiénes somos, ya que los rasgos de personalidad se caracterizan por tender a ser estables. El cambio no anula nuestra identidad, pero sí nos dota de mayor madurez, conocimiento y templanza.
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