Alex Honnold y Taipei 101: por qué no pudimos dejar de mirar

🧠 La escalada en directo de Alex Honnold al Taipei 101 no fue solo una hazaña física. Fue un experimento psicológico colectivo sobre miedo, atención y nuestra fascinación por el riesgo extremo 🧠

Millones de personas siguieron en directo a Alex Honnold mientras escalaba sin cuerda el Taipei 101. Sudor en las manos, nudo en el estómago… y aun así, imposible apartar la mirada. ¿Por qué disfrutamos viendo algo que nos genera ansiedad? Esta newsletter explora la psicología detrás del espectáculo extremo: el placer del riesgo ajeno, la curiosidad por el peligro y ese impulso incómodo que nos mantiene mirando hasta el final.

— Pol Bertran

El hombre en la pared: la promesa (y el vértigo) de ver lo impensable 🧠

En enero de 2026, Alex Honnold volvió a hacer esa magia rara que solo ocurre cuando alguien decide que el miedo es parte del paisaje. Esta vez no fue una pared de granito: fue el rascacielos Taipei 101, escalado sin cuerda y en directo para Netflix en un especial llamado “Skyscraper Live”. El evento se retrasó por el tiempo y finalmente se emitió en directo el 24 de enero (con una ligera demora técnica) y terminó con Honnold arriba tras alrededor de hora y media de escalada.

Si lo viste (o si solo viste clips) quizá te pasó lo mismo que a millones: tensión en el estómago, manos sudorosas… Y aun así, imposible apartar la mirada. Lo interesante no es solo qué hizo, sino qué nos hace a nosotros verlo.

🍿 Por qué no puedes dejar de mirar aunque te dé ansiedad

Hay una paradoja deliciosa en el “espectáculo extremo”: sufrimos, pero nos quedamos. Psicológicamente, se juntan varias fuerzas muy potentes:

1) El cerebro ama el riesgo… cuando no es suyo
Nuestro sistema de alerta (arousal) se enciende con facilidad ante señales de peligro: altura, velocidad, posibilidad de caída. En condiciones normales eso es para huir. Pero aquí aparece el truco: como tú no estás colgando a 400 metros, el cuerpo se activa… y la mente lo interpreta como emoción controlada. Es lo que algunos investigadores llaman benign masochism: disfrutar de sensaciones “malas” en un marco seguro (como el picante o una peli de terror). El directo añade gasolina: esto está ocurriendo ahora, no hay red narrativa.

2) El “bucle de predicción”: tu cerebro intentando anticipar el próximo movimiento
Ver a alguien trepar es ver microdecisiones constantes: mano derecha, pie izquierdo, pausa, respiración. Tu cerebro se pone a simular (casi a “escalar con él”) y a predecir qué viene después. Cada apoyo funciona como una mini-resolución. Y cada duda —un resbalón, un gesto de ajuste— dispara el suspense.

3) Atención secuestrada por lo raro
Lo extremadamente infrecuente captura atención. No porque seamos “superficiales”, sino porque el cerebro está diseñado para detectar anomalías: lo inusual podría ser amenaza… o oportunidad. Un humano en vertical sobre un edificio rompe el guion del mundo.

🏙️ ¿Hay una parte “perversa” esperando que caiga?

La pregunta es incómoda, pero honesta. Y la respuesta suele ser más humana que monstruosa. La mayoría de gente quiere que salga bien. Aun así, existe algo llamado curiosidad mórbida: la atracción por escenarios de peligro o desastre, precisamente porque nos ayudan a “ensayar” mentalmente amenazas sin pagar el precio real.

En redes lo vemos a diario: accidentes, peleas, vídeos límite. No siempre es sadismo; a menudo es un mecanismo de aprendizaje y vigilancia. Pero el directo mete una segunda capa: el conflicto interno entre dos impulsos.

  • Empatía y admiración: “Ojalá lo logre”.

  • Sesgo de negatividad: “¿Y si pasa algo?” (porque el cerebro prioriza lo negativo: es más costoso ignorar un peligro que exagerarlo).

Y luego está el elefante ético: una plataforma sabe que el riesgo vende. No es casual que el evento se emitiera con retraso técnico para poder cortar la señal si ocurría una tragedia. Eso ya te dice que el “¿y si…?” formaba parte del diseño del espectáculo, aunque el objetivo fuera evitar mostrarlo.

🎬 El directo como laboratorio social: miedo compartido, alivio colectivo

Hay algo casi tribal en ver esto en tiempo real. El directo crea sincronía emocional: miles (o millones) sintiendo lo mismo a la vez, comentándolo, aguantando la respiración al mismo tiempo. En psicología social, ese contagio emocional puede amplificarlo todo: el miedo, la admiración, el enfado, el alivio.

Y cuando termina bien, llega el golpe final: recompensa dopaminérgica por resolución de incertidumbre. Tu cerebro ha sostenido tensión durante 90 minutos y de pronto… se suelta. Ese alivio se siente casi como orgullo propio: “lo vimos”, “pasamos por esto”. Es una versión moderna del fuego de campamento, pero con rascacielos.

Por cierto: el lugar tampoco es neutral. Taipei 101 no es solo alto; es icónico. Convertir un símbolo urbano en pared de escalada mezcla dos imaginarios: el del progreso (acero, vidrio, capital) y el del cuerpo humano contra la gravedad. Y esa mezcla engancha.

🧗🏼‍♀️ Lo que este fenómeno dice de nosotros (y cómo verlo sin que te coma)

Este tipo de eventos son un espejo. Muestran nuestra fascinación por el límite, pero también algo más cotidiano: vivimos en una cultura de hiperestimulación donde cuesta sentir algo “de verdad” sin subir el volumen. El extremo funciona como atajo emocional. Si te interesa el lado práctico aquí van tres ideas para mirar (o no mirar) con más autonomía:

  • Ponle nombre a lo que sientes: ¿es miedo? ¿admiración? ¿curiosidad mórbida? Nombrarlo reduce su poder automático.

  • Diferencia emoción de deseo: que tu mente imagine la caída no significa que la quieras. Es el sesgo de amenaza haciendo su trabajo.

  • Recuerda qué compra tu atención: el directo no solo transmite una hazaña; también monetiza tu sistema nervioso. Saberlo te devuelve algo de control.

Al final, la pregunta no es si “está bien” disfrutarlo. La pregunta interesante es otra: ¿qué necesidad emocional está cubriendo en ti? Quizá la de sentir riesgo sin peligro. Quizá la de creer (por un rato) que la disciplina humana todavía puede empujar contra lo imposible.

Y quizá, solo quizá, por eso no podíamos apartar la mirada. Porque, colgado en una pared de vidrio, Honnold no estaba escalando solo un edificio: estaba escalando nuestro propio umbral de atención.

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