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¿Por qué el suicidio sigue siendo un tema tabú?
Cada 40 segundos, alguien se quita la vida en el mundo. Y a pesar de ello, seguimos sin hablar suficiente de ello.
¡Hola! En la Newsletter de hoy analizaremos por qué, a pesar de que según la OMS cada 40 segundos alguien se quita la vida, el suicidio sigue siendo un tema tabú. Intentaremos comprender por qué existe esa creencia de que visibilizarlo puede provocar un “efecto llamada” y, como siempre, haremos un repaso de la actualidad en el mundo de la Psicología.
¡Empezamos!
— Natalia Menéndez, Pol Bertran
Una realidad silenciada
La sociedad actual ha adoptado un estilo muy “Mr. Wonderful”, un término que da a entender cómo factores como las redes sociales o el creciente individualismo han fomentado una actitud ante la vida basada en la felicidad aparente. Tras esta fachada de sonrisas, planes y logros conseguidos son muchas las personas que viven una existencia vacía y carente de dirección. En un clima como este que sólo da visibilidad a las emociones agradables, parece evidente que expresar el sufrimiento y la vulnerabilidad es todo un deporte de riesgo.
Las sonrisas de cara a la galería y los lemas baratos que promueven el “crecimiento personal” no encajan con las cifras. Cada 40 segundos una persona se quita la vida en algún lugar del mundo, dato que sostiene la Organización Mundial de la Salud (OMS). El panorama es aún más desolador si tenemos presente que por cada una de estas personas son veinte las que intentan, sin éxito, acabar con sus vidas. Añadido a todo esto, es habitual que muchos fallecimientos causados por suicidio queden registrados como muertes accidentales por diversos motivos, entre ellos el desconocimiento y el tabú que rodean a este fenómeno. En definitiva, lo más alarmante de las estadísticas es que estas suelen infraestimar la realidad del suicidio.
Podríamos decir que, por norma general, la población tiende a censurar las emociones desagradables. Nuestra tolerancia al dolor emocional cada vez es menor, a lo que debemos añadir la ya mencionada presión por tener una vida aparentemente idílica. Todo ello suele conducir al taponamiento de nuestras emociones, que se acumulan hasta que llegamos a situaciones límite. A veces, esta relación complicada con las emociones se entremezcla con situaciones estresantes que pueden suceder a lo largo de la vida, como una ruptura, una muerte o un fracaso laboral. Si nuestra expectativa es que debemos mantenernos “fuertes” ante la adversidad, seguramente nos sea muy difícil encajar las dificultades de manera sana. En muchos casos, las personas en este punto sienten una profunda desesperanza que les hace buscar una anestesia al dolor: la muerte.
Por si no fuera poco con la invalidación emocional generalizada, el suicidio es en sí mismo un fenómeno altamente contaminado por prejuicios y mitos que no hacen más que embarrar un terreno de por sí farragoso.
¿Es cierto que existe un efecto llamada?
En este sentido, una de las creencias más dañinas acerca del suicidio es la que sostiene que existe un supuesto “efecto llamada”, por el cual hablar del suicidio puede ser un aliciente para llevarlo a cabo. Este mito tan extendido es completamente falso, pero su efecto en el pensamiento colectivo ha sido inevitable. De hecho, aún son muchas las personas (incluidos los propios profesionales de la salud) que se sienten profundamente incómodas al hablar del suicidio de forma explícita.
La realidad es que, lejos de fomentarlo, hablar del suicidio puede salvar vidas. Cuando una persona que está sopesando esta salida se encuentra con otra que pone en palabras aquello que siente y piensa de forma directa, lo único que ocurre es que encuentra comprensión. En un mundo que penaliza este tipo de pensamientos y emociones, dar espacio al dolor es un gesto que puede marcar la diferencia entre vivir o morir. Hablar del suicidio es un primer paso imprescindible para que esa persona pueda recibir la ayuda que necesita de los profesionales y de su entorno.
Dicho esto, es importante matizar que cuando hablamos del suicidio no todo vale. Si bien romper la ley del silencio es fundamental para atajar el problema, es importante cuidar cómo lo hacemos. En este sentido, no podemos ignorar el papel que los medios de comunicación cumplen a la hora de informar sobre cuestiones como esta. Su deber es educar para prevenir, algo que no siempre se logra al dar más peso al morbo y el sensacionalismo.
En primer lugar, es necesario que sean profesionales especializados los que brinden información veraz sobre el suicidio, ya que esto permite psicoeducar a la población general. Puede ser interesante hablar del sucidio desde una perspectiva constructiva, presentando testimonios de personas que llegaron a planteárselo pero que consiguieron sobreponerse con ayuda.
Es fundamental no romantizar el suicidio ni darle una valoración moral. El suicidio no debe asociarse con la valentía ni la cobardía. Es el resultado de la desesperanza de alguien que necesitaba huir de su dolor. Es crucial no adoptar enfoques reduccionistas que achacan el suicidio a una única causa. Si bien puede identificarse un detonante reciente, siempre se trata de un fenómeno complejo en el que intervienen diversas variables.
Con el fin de fomentar la protección de la población en riesgo, ante casos consumados es importante no hablar del método utilizado para cometer el suicidio. En este caso particular las investigaciones señalan que sí puede existir un efecto llamada, especialmente si la persona afectada era un referente o una celebridad.
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